Entrevista Dr. León Turjanski

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Entrevista Dr. León Turjanski

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REV ARGENT NEUROC | VOL. 31, N° 1 : 64-66 | 2017

ENTREVISTA


DR. LEÓN TURJANSKI


El Dr. Turjanski fue jefe de neurocirugía del Hospital Argerich, Profesor Titular de Neurocirugía de la Universidad de Buenos Aires, y fundador de la Revista Argentina de Neurocirugía.

¿Cómo surgió la idea de hacer medicina, y luego neurocirugía?
Bueno, te invierto la pregunta, la verdad es que primero quise ser neurocirujano, antes de médico. Resulta que conocí en mi adolescencia al Dr Dionisio Rao, neurocirujano del Hospital Italiano, quien atendía a un familiar mío y a quien yo acompañaba en las consultas. El Dr Rao siempre contaba anécdotas sobre casos neuroquirúrgicos, y rápidamente quedé impactado por sus relatos, por lo cual me decidí a estudiar medicina con el fin de ser neurocirujano. Una vez terminado el secundario, ingresé a la Facultad mediante un examen: en aquella época era un examen bastante difícil, había varias materias, y los postulantes eran muchos más que las vacantes para Medicina. Esto fue en el año 1951, y terminé la carrera en 1956, con excelentes notas salvo un bochazo, que tuve en física, que era una de mis preferidas e inclusive había comenzado la carrera universitaria. Bueno, se ve que me confié y fui al examen sin estudiar (se ríe) y resultó que en aquellos años la física había cambiado totalmente desde donde yo la estudié, por lo cual recibí ese aplazo. Luego me puse al día con la materia, estudiando en el libro del Titular, y volví a rendirla aprobando con un 10. Qué curioso, uno se acuerda a veces, y queda marcado, por ese tipo de anécdotas, más que por otras positivas. Por otra parte cuando rendí Física estaba realizando el Servicio Militar.
Mientras cursaba los últimos años de Medicina, empécé a buscar contactos en neurocirugía, y dos vías diferentes me llevaron a la misma persona, que a la postre terminó siendo mi maestro. Por un lado, un compañero de juegos de la primaria, luego de la secundaria y finalmente de la universidad, Juan Carlos Pisarello, era sobrino del Jefe de Cirugía del Cuello del Servicio de Yodice del Hospital Argerich, donde actuaba el Dr. José Benaim y me propuso ingresar al Servicio del Argerich, y por otro lado, un ex compañero del Servicio Militar el Dr Luis Schut, que ya trabajaba con el Dr. Benaim, también me propuso entrar al Hospital porque él se iría a los Estados Unidos. De este modo por ambos lados conserté una entrevista con el Dr Benaim.
En aquellos años, en el Hospital Argerich no había un servicio activo de neurocirugía, sino que la especialidad estaba a cargo del Dr Benaim, que era médico del Servicio de Cirugía del Dr Arnaldo Yódice, un gran referente en Cirugía General. El Dr Benaim era una persona simple, sencilla y muy amable, con un notable compromiso por sus pacientes. Cuando fui a la entrevista, lo hice con mucho temor, como era lógico, ya que para mí era muy importante y de alguna manera intuía que marcaría mi futuro. El Dr Benaim me recibió muy cordialmente, me aceptó de inmediato como concurrente aún no recibido aunque en aquellos años no existía todavía la residencia y me dijo: Ud empieza mañana, traiga su guardapolvo, y así lo hice.

¿Cómo era la neurocirugía cuando usted empezó?
Muy diferente de la actual, por cierto. No existía la Tomografía ni la Resonancia, por lo cual los diagnósticos se realizaban con radiografías, angiografías por punción, ventriculografías y mielografías con contraste, pero sobre todo mediante la clínica. Como dije antes, tampoco existía la residencia, y la formación del neurocirujano era sumamente artesanal y personalizada, al lado de un maestro y durante el practicantado primero y la concurrencia después, una vez recibido.
Cuando recién había comenzado a trabajar con Benaim en el Argerich, eso fue en el año 1955, tuve oportunidad de presenciar un hecho sumamente dramático porque el Hospital se encontraba en el área de dependencia de la Plaza de Mayo, donde se produjo el bombardeo por aviones militares de la llamada Revolución Libertadora, que terminó derrocando a Juan Domingo Perón. Ese día ante el llamado del Jefe concurrí al Hospital y ayudé en lo que pude. Trajeron muertos y heridos. Algunos muy graves. Recuerdo especialmente el caso de una joven maestra escolar con un hematoma intracerebral cuyo diagnóstico se hizo por Angiografía y que fue tratado con evacuación quirúrgica. Lo que recuerdo es que la paciente no sobrevivió. A mi me faltaba aún un año para recibirme de médico, pero a la par de mi maestro trabajamos en conjunto en esas jornadas.
Por supuesto que todo el trabajo del practicantado y también de la concurrencia era ad honorem. Yo me sostuve económicamente gracias a la ayuda que me ofreció mi padre. Fue una época difícil pero rescato especialmente, el enorme compromiso que teníamos con el paciente. No existía todavía el concepto de la responsabilidad jurídica del Médico, y sí la obligación de obtener el mejor resultado posible y cumplir con el trabajo neuroquirúrgico por sobre el resto de las cosas. Este concepto, que por supuesto lo ví en Benaim, me marcó para toda la vida.
En esos días mi Maestro me envió a rotar por distintos servicios, tanto de aquí como del exterior. Recuerdo especialmente mi paso por el servicio del Dr Polak, el famoso patólogo argentino de enorme prestigio internacional por el desarrollo de las tinciones argénticas para identificar los diferentes tumores del Sistema Nervioso. También recuerdo mi concurrencia al Servicio del Dr. Nusimovich para tomar conciencia de la importancia del manejo de las cuestiones endócrinas en el manejo de pacientes con lesiones del eje hipofisario.
Continué mi formación a la par de mi maestro, quien en esa época concursó y ganó el puesto de jefe del servicio del Hospital “Avellaneda” ubicado en la periferia de la Ciudad de Buenos Aires. Ese servicio estaba muy bien montado, con lo mejor de la época, y Benaim rápidamente lo puso en marcha con todo lo que tenía. Me integró a mi también sin desprenderse del Argerich. Entonces yo concurría los lunes, miércoles y viernes al Argerich, y los martes, jueves y sábados al Avellaneda.
El personal era muy poco capacitado. Recuerdo que en uno de los primeros días en que concurría al Avellaneda, le pregunté a una enfermera que querían decir la sigla “PB” que aparecían en el bolsillo de la pechera de mi guardapolvo, me contestó, muy convencida de ello “Policlínico Bellaneda” (sic). Poco tiempo después me enteré que el significado real era “Planta Baja”, cosa que no era fácil de asociar dado que estábamos en el “Primer Piso”. Benaim tenía entonces sólo otro ayudante, que era un ex compañero de Benaim. De ese modo yo era de los pocos y el más jóven. Los controles eran muy artesanales dependiendo casi todo de nosotros. Imaginemos que si no había residencia ni unidad de cuidados intensivos, parte de la actividad neuroquirúrgica implicaba controlar estrechamente a los pacientes internados en salas comunes. Uno debía ser un experto en electrolitos, en clínica médica, traumatología, rehabilitación …. obviamente, como se dice, se trabajaba 7 días a la semana, sin pausa.
A medida que pasaba el tiempo, los casos se hacían más complejos y para entonces Benaim decidió casarse y viajar por tres meses por los Estados Unidos. Antes de partir me comunicó que me dejaba encargado del trabajo quirúrgico de ambos servicios, con la indicación de que si se me presentaba algo que me superara, llamase a alguien de más experiencia, y me dejó los teléfonos de los Dres Hugo Usarralde y Alberto Kaplan. Y así funcionó adecuadamente la atención Médica. Pero cuando había algún caso más complejo, no dudaba en hacerlo, cuando sentía que mi límite estaba cerca no dudaba en comunicarme y ellos concurrieron varias veces, dirigiendo la cirugía en cuestión. También es cierto que cada vez me animaba a operar casos más complejos. Transcurridos unos seis años desde mi graduación, ya operaba muchas veces como cirujano, y en ese momento comencé tímidamente con mi práctica privada, por supuesto con la aprobación y ayuda de mi maestro.
Al complejizarse e incrementarse cada vez mas la casuística en ambos hospitales, decidí dedicarme de lleno al Argerich, haciendo Neurocirugía pero como integrante del servicio de Cirugía del Dr Yódice.
Poco tiempo después, se abrió el servicio de Neurocirugía de dicho hospital, que nunca había sido habilitado, y se llamó a concurso. El concurso lo ganó el Dr Ricardo Morea, que se hizo cargo. Vinieron con él Dr. Diego Brage como Neurólogo y el Dr. Francisco Perino como Médico de Planta.
Estando organizado el Servicio de Neurocirugía decidí integrarme al mismo y con la anuencia de Yodice y Morea pasé del Servicio de Cirugía al de Neurocirugía. Fue esa época más que difícil para este joven neurocirujano, que debió luchar con muchas cosas que vivía y no estaba de acuerdo. Un Sábado, un paciente internado hizo un cuadro de descompensación requiriendo rápida resolución. Me puse en contacto con Perino quien me contestó que el Lunes lo resolvería. Esto generó una respuesta negativa mía que consideraba que debía actuarse de urgencia. Decidí informar al Dr. Morea quien vino al Hospital, estuvo de acuerdo con la intervención pero no habiendo Anestesista no la podía hacer. Entonces le informé que si él se decidía operarlo yo podría hacerle la Anestesia. Morea aceptó la opción y la evolución ulterior del paciente justificó ampliamente mi insistencia.
En el Argerich fui progresivamente mejorando mi posición y trabajé cerca de 10 años. Morea se jubiló. Quedó como jefe el Dr. Mario Costagliola. Posteriormente vinieron varios interinatos y finalmente quedé como jefe del servicio en el año 1980.

Justamente, habiendo sido tantos años jefe de un importante servicio de neurocirugía en un hospital público, ¿qué consideraciones, tanto positivas como eventualmente negativas, le surgen a partir de su paso por dicho puesto?
Bueno, fueron años muy lindos, de gran crecimiento. De a poco fui organizando el servicio, introduje la residencia –los primeros residentes fueron el Dr Roberto Lagos y la Dra Lucía Fernández- y luego se incorporaron y formaron médicos que luego se destacaron como Jorge Shilton, Camilo Giambiaggi, Gerardo Barbeito, Nilda Goldemberg, Eduardo Seoane, López Ferro que trabaja en España, Ignacio Barrenechea, y muchos otros más. De manera que, mal o bien, pude transformar un servicio que no tenía gran tradición formativa, en uno importante y elegido a la hora de decidir dónde aprender la especialidad.
Como cosas malas, te puedo mencionar la estructura híper-burocrática que hacía que uno tuviera que dedicar mucho tiempo a tareas administrativas y de equipamiento, aunque con el tiempo logré equipar bastante bien nuestro querido servicio, tanto con instrumental como con equipos, un microscopio, un craneógrafo manejado por nosotros, para no tener que depender siempre de la disponibilidad de radiología.

¿Cómo ve la neurocirugía actual y la futura?
La verdad es que a veces veo en los colegas más jóvenes cierta falta de compromiso con el paciente, en comparación con la época en la que me tocó ejercer. Por supuesto que hay muchas excepciones, pero esto es lo que siento.
A la vez, nuestra especialidad ha adquirido una fragmentación muy acentuada: quien se dedica a nervios periféricos, a columna, dudosamente pueda operar una hipófisis, ya que el conocimiento que se debe poseer de cada campo es tan profundo que si se quieren hacer las cosas a alto nivel, hay que sub-especializarse muchísimo. No lo digo como un aspecto negativo, sino más bien como una realidad.

¿Qué lo impulsó a fundar la Revista Argentina de Neurocirugía, y qué dificultades encontró a lo largo de sus funciones como director?
En la época de Raúl Carrea, (N del E: Jefe de Neurocirugía del Hospital Ricardo Gutiérrez, fundador del primer servicio de Neurocirugía Infantil de nuestro país, notable docente e investigador) existía un Boletín de Neurocirugía, en el cual se volcaban exclusivamente las presentaciones de los congresos. El Dr Carrea, sabiendo mi gusto por escribir, me convocó para participar en dicho boletín como ayudante de redacción. Propuso y me designó Editor Asociado Permanente (Sic).
Fallece Carrea en 1978 y pasé a ser Editor Permanente. El origen de la idea de la Revista está en un episodio que viví. Con orgullo le mostré a uno de mis amigos el Boletín y como venía saliendo, él lo miró y me espetó de inmediato sin ninguna duda algo así: “Decime, ¿no pueden los Neurocirujanos sacar algo mejor?”. Esa noche no dormí . Al día siguiente me puse en contacto con el entonces Presidente dela AANC y se decidió que para el próximo Congreso de la Asociación en lugar de Boletín sacásemos una Revista. Y así salió. Decidí pedir colaboración a un amigo Hugo Usarralde y participamos en ése y otros varios Congresos.
La primera imprenta estaba en la calle Chacabuco, y poco tiempo después se sumó como editor el Sr Bassi, quien cumplió un importante rol en el diseño y la diagramación de cada número. Los colores de la tapa estaban inspirados en el blanco del Journal of Neurosurgery, y luego viraron al azul actual. Es importante destacar que la Revista no le costaba un peso por aquellos años a la Asociación, ya que se pagaba con los aportes de los anunciantes y también una parte de la cuota societaria que estaba expresamente destinada a tal fin.
Posteriormente le dimos forma y llegamos a sacar 4 números por año con buena cantidad de páginas y artículos. Al fallecer Hugo propuse al Dr. Julio César Suárez de Córdoba e integró conmigo el equipo. Fue importante una reunión que mantuve con dos médicos cuyo resultado fue la estructuración de la Revista como un ente con futuro asegurado. La entrevista fue con los Dres. Luis Augusto Lemme Plaghos y Juan José Mezzadri. El impulso fue muy importante y con ellos estructuramos el futuro de la Revista. Nos pusimos en contacto con el Sr. Enrique Bassi quien nos significó un apoyo importante a la edición de los números.
En fin, para terminar te quiero comentar que mi balance de vida es positivo, tengo una esposa y compañera, tres hijas, dos de ellas Médicas, una Psicóloga. Las tres viven en otros países. Siete nietos, una de ellos, la mayor decidió volver a vivir en Argentina y así lo está haciendo. Fui muy afortunado porque tuve oportunidad de hacer muchas cosas, de ayudar a formar a muchos colegas, de tratar a muchos pacientes, de consolidar un servicio de neurocirugía. Nunca tuve un juicio médico, probablemente porque para mí, la relación médico-paciente siempre fue fundamental. En fin, este cuento es la experiencia de alguien que quiso hacer muchas cosas, con los muchas veces escasos medios que tenía a su alcance, y que ahora, se ha retirado a descansar.

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